Isabel

Pedro Casablanc: “No quise que el ladrillo invadiera mi huerto”


Harto del asfalto, Pedro Casablanc (Sevilla, 1963), dejó su casa de la madrileña plaza de los Cubos, como popularmente se la conoce, para irse a Torrelodones, desde donde Madrid se divisa en la lejanía. En la plaza del Ayuntamiento de esta localidad no queda rastro del frenético ritmo de la capital. Sentados en una terraza que sirve de punto de encuentro nos dejamos envolver por la cálida luz anaranjada de finales del verano, que transmite tranquilidad.

Desde allí, Pedro nos guía al lugar elegido para la foto, al otro lado de la carretera de La Coruña, a los pies de la «Torre de los Lodones», atalaya que da nombre al pueblo y se ha convertido en su símbolo, como refleja su escudo.

«Se llama así por los lodones», nos cuenta Pedro. Lodón es el nombre con el que también se conoce al almez, un árbol antaño muy abundante en esta zona ahora «reconquistada» por encinas, entre las que se abren paso jaras pringosas (Cistus ladanifer). Y es que estas tierras asistieron a la conquista musulmana y posterior reconquista, un dato anecdótico justo en este momento en que la serie en la que interviene Pedro Casablanc, interpretando al arzobispo Carrillo, «Isabel», inicia nueva temporada convertida ya en una de las favoritas de los telespectadores. La Torre de los Lodones se cree que fue construida entre los siglos IX y XI, como parte de una red de atalayas vigía que desde los montes de Guadarrama permitían otear las amplias llanuras de la antigua Castilla la Nueva en busca de enemigos.

Frente a la emblemática torre se alza otra construcción muy conocida, aunque más reciente. Se trata del Palacio del Canto del Pico, que sobre un cerro granítico de 1.011 metros ostenta el título de «techo» de esta localidad. Edificado en 1920, desde esta otra «atalaya» la vista se pierde hasta Madrid, deslizándose sobre los siempre verdes encinares de El Pardo, que llegan hasta los pies de Torrelodones y forman un corredor vegetal que une la sierra de Guadarrama con la capital. Fue sede del mando militar republicano durante la Guerra Civil. Y acabada ésta, su propietario, José María del Palacio y Abárzuza, conde de las Almenas, la regaló a Franco, que la utilizaba como lugar de recreo, apunta Pedro.

A pie o en bici

Por la zona del Canto del Pico suele pasear Pedro, unas veces en bicicleta de montaña («esta mañana por primer día después de todo el verano de vagancia, y no he pasado de 15 minutos sobre la bici») y otras a pie, atravesando el canchal, acompañado de sus hijos, de 15, 11 y 3 años. Reconoce que a los mayores, sobre todo a su hija, les tira más el asfalto. Aunque este verano la mayor le ha ayudado «a regañadientes» en el huerto de naranjos que tiene en la alicantina localidad de Catral.

Explica que después de las funciones de los domingos suele escaparse a Levante, a disfrutar entre sus naranjos: «Tenemos los lunes libres, y al acabar el domingo en el teatro, sobre las ocho, cojo el coche y en cuatro horas estoy en Catral. Conducir me relaja, incluso de noche. Me gusta estar en la huerta o en la playa. Y el martes estoy otra vez en el teatro».

Una escapada relajante que supone, asegura, un claro contraste con su trabajo habitual: «Estar en contacto con la tierra y el agua, en el huerto, es una experiencia mágica. Recibir los frutos de la tierra de forma tan directa y trabajar para obtenerlos es muy gratificante para mí. La naturaleza me desestresa y me relaja. Te pones en contacto con lo primigenio, lo más atávico de ti. Cuando trabajo en el campo desconecto completamente de los escenarios y las salas de ensayo, que suelen ser oscuras y con focos artificiales, y donde tienes que aprender una cantidad de texto increíble. Estamos creando arte de forma muy artificiosa, en un lugar cerrado», explica.

No descarta irse a vivir a Catral: «Ojalá. Tenemos AVE ya, ahora en Alicante, pero cuando llegue a Elche estaré a hora y media de Madrid. Por eso no lo descarto». A esta zona asocia, además, sus primeros recuerdos en contacto con la naturaleza, en sus vacaciones de verano. «Mis padres, aunque son andaluces, veraneaban en la vega baja del Segura, cerca de Catral, donde luego conocí a mi mujer».

Lo de convertirse en hortelano «fue viniendo poco a poco. Mi mujer es de Catral y cuando me casé encontré un pueblo donde había una tremenda especulación inmobiliaria con las huertas de los pequeños agricultores. Por una partida de naranjas, en una zona donde se sacan toneladas, te pagan una miseria. Con cada intermediario el precio se va incrementando y lo que allí vale una miseria aquí cuesta un dineral. Allí la fruta se tira, porque no vale la pena venderla a los intermediarios. Es un auténtico latrocinio».

Moderno «Quijote»

Ese es el motivo, explica, por el que se están abandonando muchas huertas. Años atrás, «los ayuntamientos las compraban a un precio irrisorio, las arrasaban, ponían cemento y construían adosados que ahora no se pueden vender». Algo que a este licenciado en Bellas Artes que después se dedicó a la interpretación le resulta difícil de digerir: «Yo, con una quijotada, quise proteger una de esas parcelas. Y pensé que si este trozo de huerto iba a ser mío, no quería que lo tocara nadie». Por eso se decidió a sacarlo adelante, «aun sin rédito económico, porque afortunadamente tengo mi trabajo».

En las labores agrícolas le asesoraron sus muchos amigos de la zona que le indican lo que debe hacer, de los que resalta especialmente a Moisés. «Es fácil, la cuestión es ponerse. Llevo ya tres años con el huerto. Empiezas por podar un naranjo, luego sabes que hay que fumigar para que en noviembre la naranja esté bien, abonar…»

Quien es fiel en lo mucho, también lo es en lo poco. Y si Pedro ha sido capaz de «adoptar» un huerto y salvarlo del ladrillo, cómo iba a descuidar los deberes más cotidianos. Después de contar su gran hazaña, explica, como quitándole importancia, que a la hora de reciclar hace «lo que hay que hacer»: separar los residuos en sus distintos contenedores. Y aclara que «los envases no deben meterse en bolsas de plástico. Hay que dejarlos sueltos en el contendedor», un detalle que a muchos se nos escapa y que aprendió en París, a principio de año, mientras trabajaba en el Teatro Odeón.

Esta semana hemos podido verle «soberbio» de nuevo en el papel del ambicioso arzobispo Carrillo -«es más difícil hacer de bueno», asegura- y ahora está volcado en la teatralización de la novela de Valle-Inclán «Tirano Banderas», que coproduce el teatro Español con la ciudad de México. De lo que va a pasar en Isabel, no suelta prenda, «aunque no es un misterio para quienes conocen algo de nuestra historia», indica

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